sábado 16 de mayo de 2009

viernes 15 de mayo de 2009

Inocencio


¡Hola! Yo soy Inocencio y tengo cuarenta y tres años. Pero ¡deme la mano que yo no muerdo! Eso así. ¡Uy sí! Aquí se pega uno unas aburridas hermano, aunque... No se afane por eso, venga más bien y le cuento cómo me agarraron… Desde hace años, cuando se me despertó el apetito sexual, siempre he tenido una delirante ansiedad por ese fruto del sexo que nos ofrecen las mujeres; pienso que como hombre es nuestro derecho tomarlo como nos plazca, el problema es, como usted sabe, que las buenas costumbres de esa que llaman moral, desde que se inventaron, van por ahí perjudicando a aquel que sólo quiere placer.
Bueno, yo siempre me he sentido con el derecho de desahogar mis ansias, como bien lo comprendí hace veinte años, cuando por fin pude vencer el estúpido pudor y lanzarme al encuentro de unas lindas nalgas que pasaron tentándome. Entonces hinché mis pulmones con todo el coraje posible y mientras apretaba ese pedazo de carne con fuerza, le solté una linda palabrota a esa mamacita que pasaba por mi lado. ¡Sí!... ¡Todavía me acuerdo de lo que dije! Algo así como:

– ¡Huyyy!… ¡¡Mamacita!! ¡Tanta carne y yo con HAAAMBRE!...¡Ja, ja, ja, ja! Entonces la mujercita sólo alcanzó a decir mientras se estiraba con todo el corrientazo de mi mano:


-¡Hayyyyy…! ¡Descaraaado! ¡Morboso! ¡Animaaaaaal!!!


Pero no paso nada porque yo estaba parado esperando el bus y apenas pasó “¡zas!” Me fugué en par patadas. Al fin y al cabo no era nada después de tantos pedazos de carne que hice míos. Con el tiempo, localicé los lugares estratégicos y las horas específicas en las que tenía oportunidad de actuar. Si quería podía esperar en la esquina, a eso de las seis pasaditas, a que aparecieran unas piernazas toreándome o unos jugosos pechitos; eso sí, al principio corría a la cera del frente ¡pero luego! Cuando fui cogiendo más cancha, sólo me quedaba lanzándole un buen piropazo a la que saciara mis ganas mientras la loca que caía, se alejaba despavorida o gritando ¡o las dos! Yo creo que hasta le parecía atractivo a algunas porque usted viera ¡cómo me miraban!…

¡Uy sí! Eran entretenidas mis tardes por esos lugares, hasta que un día... Me llegó la policía. Esa seguro que iba mandada por alguna vecina chismosa de la cuadra, de esas que las ganas de contar un chisme fresco le pueden al respeto y a la dignidad… Pero no reparemos en detalles, venga más bien le sigo contando. Lo de la policía esa vez fue fácil. Me requisaron y como no me encontraron nada, me dieron una patada en las güevas para mandarme cojo a la casa; yo me quede más aburrido esa noche, pero el domingo… Ese día si le cuento, desde que me levanté sabía que algo bueno me esperaba, usted sabe, son esos días donde lo primero que se viene a la cabeza son tremendo par de tetas y la plena seguridad de que se va a poder tocar unas bien grandes.


Hay hermano, ese día sí, seguro, ese día sí amanecí contento oyó. Me desperté como a las cinco porque usted sabe (al que madruga…) No había mucha luz pero el cielo estaba clarito, hasta se alcanzaban a escuchar los pajaritos recibiendo el día y después de escuchar eso, usted no me lo va a creer hermano, me entraron unas ganas tremendas de salir a buscar comida... Salí al balcón, aprecie el panorama que me ofrecía la ciudad trasnochada y cargué mis pulmones con una buena bocanada de aire, ¡SSShhh! ¡Aire contaminado! ¡Ash! ¡Aire predilecto de viciosos y enfermos!


Todavía me acuerdo de ese día, la hembra iba con una faldita chirriquitica, así como se ponen ellas bien coquetas y luego no quieren que uno las vea, ni las toque, ni les diga siquiera una palabrita ni nada, porque así son. Yo llegaba al parque y seguro que sólo pensé en pasarle por el lado para calentarle la oreja con una palabra bien rica, pero en el momento que le llegué al lado no sólo le dije lo buena que estaba sino que a la vez mi mano se adelantó para tocarle ese mercadote que llevaba bajo la falda. Y ¡claro! La mamacita de una brincó del susto, me saltó encima y pues ahí la vi fácil para arrinconarla contra la fuente, eso si, con tantas carnes mis manos ya no sabían donde meterse, por eso tocó ayudarme con la lengua y... Empecinado la tuve largo rato, hasta que la hembra salió del susto y empezó a gritar como loca, usted viera, yo intentando callarla hermano y cuando me dí cuenta, ya tenía dos manes encima listos a pegarme con un bolillo.


¡Yo no sé de dónde salieron! Como siempre, llegan cuando uno menos los espera y lo que hacen es dañarle a uno el rato en vez de estar agarrando ladrones… Me desprendieron de la vieja porque eso sí, me le colgué de las mechas con la fuerza que tuve; luego la vergaja esta yo no sé cómo, se volteó y alcanzó a lanzarme tremendo arañazo a la cara. Vea hermanito ¡VEAME! Aquí tengo la marca. Me dieron tremendos azotes en las costillas hasta que llegó la patrulla, ahí me echaron de cabeza y así fue cómo llegué a este hueco ¡qué le parece hermano! Igual, eso a mí ya no me preocupa, en una hora salgo, mi mujer me encontró ayer después de tres días y hoy viene a sacarme.

Rata-picha


Por la calle viene Rata-picha, corre sosteniéndose los calzones para evitar que se le caigan los panes que acaba de robar a la señora de la esquina:

-¡Esa rata, esa niña rata me robó los dos últimos rollos que me quedaban! ¡Y nadie! ¡Nadie hace nada!

Dos cuadras adelante, Rata-picha se detiene junto a un callejón para asegurar los panes por enésima vez, ¡qué tal que se deslicen y se pierdan en el suelo sin que ella pueda darse cuenta! Antes de subirse el vestido mira con desconfianza el panorama, lanza una mirada discreta a la izquierda, otra a la derecha; hacia arriba, hacia abajo, hacia todos los lados… Y nadie, ¡nadie por ahí a la una de la tarde! Ni siquiera el alma de alguna vieja desocupada que juegue a la arpía oculta detrás de alguna ventana.


Pero Rata-picha es una niña desconfiada y la verdad, nunca falta quien la quiera culpar por sus fechorías. Así que, sin más alternativas, entra al callejón. Cómo ninguna persona salta a la vista, Rata-picha alza la falda de su vestido con esa agilidad propia de las personas despreocupadas. ¡Ahí se mantienen! Los panes frescos y esponjados encajan en sus manos de una manera tan perfecta que le dan la plena confianza de sentirlos suyos por derecho propio.


Luego de asegurar por última vez su motín Rata-picha se endereza, alza los hombros, sube la frente y empieza a caminar dejando que los brazos se le muevan al compás de sus piernas. El callejón es un pasaje descubierto por el cual desciende un calle en forma de ese (S); entre el largo muro de la izquierda y las casas que bajan en hilera desde la derecha, se podría decir que el espacio es adecuado hasta para tres personas que vayan una al lado de la otra, mas, no tendría las proporciones adecuadas si además de las tres personas quieren pasar junto a ellas, una vaca y un marrano.


Desde hace cinco años, a Rata-picha le gusta atravesar este atajo porque se siente sumergida en una gran S de Sardina, más aún, lo mejor de su tamaño es la posibilidad de navegar sobre el montón de palabras que le ofrece esta gigantesca S: Sí Sara su salud se sana… Sí Sara, su sonrisa es el sueño de mi alma; Sara sirve también con pan y se acompaña con sardinas; Sara tiene mucha sed; Sara suerte sí se siente… ¡Saborear una deliciosa Cema con chocolate caliente!


Al pasar por la segunda curva de la calleja, Rata-picha alcanza a divisar el estanque azul que sobresale del techo de su guarida, según sus golosos cálculos, en contados minutos podrá sentarse en el patio a saborear sus rollos y…


-¡Vecina! ¡Cómo va hoy de bonita y elegante! ¿¡No le sobrará por ahí un pan que me regale!? Imagínese vecina, uno que amanece con tanta hambre en estos días y nadie por ahí que se compadezca de uno, no ve usted cómo están de solos y abandonados estos lugares… Pero yo sé que usted sí no es así vecina ¿no es cierto? Yo sé que usted sí me puede ayudar con este problemita que tengo…

Mariano (fragmento)

Esa tarde José aterrizó en la azotea de su casa, mientras arreglaba las arrugas de su pantalón escuchó la voz de Mariano llamando a su abuelo, el pequeño parecía incómodo por alguna razón que él aún no alcanzaba a comprender, así que decidió inclinarse hacía el balcón para captar con más detalle. Al asomarse pudo ver al abuelo sentado en su amaca, Mariano estaba de frente al viejo, tenía las cejas encorvadas y le mostraba con cierto desespero las envolturas de sus galletas:

-Abuelito, abuelito, yo a usted lo quiero mucho y quiero respetarlo ¿por qué no me deja crecer sano y fuerte? No se tome mi leche abuelito, ni se coma mis galletas, vea que hasta de pronto salgo un poco más alto que usted y, qué tal que en esas pueda darle el viaje de sus sueños para que por fin se de sus vacaciones y pueda descansar como bien se lo merece.

-Ay mijito querido, si la leche y las galletas están muy caras ¿de qué voy a vivir?

-Ay abuelo, si a usted no le gusta la leche, ni las galletas que hacen hoy... Siempre que se come una, se queja por toda la azúcar que tienen, llora sin lágrimas porque están muy duras y porque ya no las hacen como en su época... Entonces, ¿para qué me quita mis galletas abuelito, si se va a quejar? Vea que comer malgeniado galletas con leche le puede hacer daño para su higado.

-¡Claro mocoso malcriado! ¡Dígame ahora todo lo que quiera! Pero antes, ha de saber que como usted tuve mis dientes y mis muelas, todos mis dientes y muelas completas, y no comía sólo leche y galletas como usted, también palitroques, lenguas, cemas con chocolate caliente y queso, ¡hasta arranca muelas si le digo! y no eran ni una ni tres las que me comía ¡eran como siete las que masticaba a la vez!

Y usted que se queja y se pone a llorar cuando su nona le da uno de esos y se le pegan en las muelas. ¡Ay! ¡Me duelen mamá! ¡Me duelen! ¡Huh! ya creyó que me iba a mangonear ¿no? Mocoso este... ¡Qué tal! ¡¡¡Ha de ver cómo se han vuelto de atrevidos estos gorgojitos del diablo!!!

-Ay abuelito no sea exagerado, además, a usted le compran! Sus galletas y su pan integral todos los domingos de mercado... Y luego sí quiere que yo me coma lo suyo porque yo estoy más pequeño y me alimenta... ¡Qué va abuelito! lo que pasa es que esas galletas son muy duras, no tienen sabor y a usted ni le gustan; yo ya lo he visto haciendo caras cuando se las come en las mañanas y delante de mamá y la nona sí disimula ¿¡no abuelito!?

-Chito mijo, hable bajito que la mamá esta barriendo la sala al lado.

-No abuelito, no sea tramposo, ¡vea! Usted la otra vez me dijo que me cambiaba dos panes de fruta con mermelada por cuatro paquetes de galletas y vea, me quito cuarenta.

-¿¡Cuarenta!?

-¡Sí! ¡Cuarenta! y me engañó porque los panes ni siquiera tenían mermelada.

-Ayhs, no invente que yo sólo tome uno demás.

-Cuarenta galletas abuelito ¡Cuarenta!

-Ah sí, y dónde están haber, dónde están las cuarenta...

-Vea abuelito, 6 por 4 son... 24, más un paquete de seis galletas que usted dice que cogió demás son treinta; más otro paquete de 4 galletas ¡de chocolate con arequipe! que desapareció, misteriosamente, son... ¡Treinta y cuatro! Más... 5 del otro día, cuando usted se aprovechó de que yo estaba distraído viendo matachitos y se llevó mi paquete para traerme las galletas en un plato con un vaso de leche... Son cuarenta abuelito ¡40 galletas! Y Ese día sólo me comí una abuelito ¡1 galleta!

NOoo abuelitooo, así no se vale abuelito. Usted quiere hacer negocios con migo pero es tramposo, y mi papá me dice que con viejos tramposos como usted no hay que hacer negocios porque puede uno salir perdiendo; perder la plata, las galletas, hasta a la mamá que lo consiente a uno... No abuelito, pensandolo bien, yo mejor con usted no vuelvo a hacer negocios ni a regalarle galletas.

-¡Qué tal las de este mocosito! ¿No?...

-Vea abuelo, si usted no me devuelve las galletas, yo le digo a mi abuelita dónde tienen escondidos los anillos...

-Bueno bueno Marianito, ¡tampoco es para que nos volvamos enemigos! Haber, tome, le doy 10 y asunto arreglado Marianito ¿si ve mijito? como hablando se entienden las personas...

-Pero abuelito...

-Aysh, eso no se ponga con bobadas y más bien recíbame la plata antes de que me arrepienta, ¡haber! ¡Tome!

Oíga Marianito, deje de estar peleando con migo y más bien venga, venga y me cuenta usted de dónde salió, ¡ah! De dónde vino así tan inteligente y tan feito, porque su mamá era pila y bonita de chiquita pero no tan inteligente como usted.

-Aysh abuelito, ¡pues de las estrellas! ¡De dónde más va a ser!

-¿De las estrellas? ¡Cómo Mariano luego usted es marciano!

-¡Aysh abuelo! ¿Cuántas veces se lo he contado? Lo que pasa es que usted no me cree porque soy feo y chiquito.

-¡Sí! y yo pensando que usted era un niño de verdad ¡qué tal! ¡Ahora hasta marciano me resultó el nieto!

-No abuelo, si yo soy un niño de verdad, además, uno no puede ser falso en lo que quiere ser desde siempre porque uno es lo que quiere ser desde siempre, es decir, desde niño o de antes.

-Ah sí, haber, y usted qué ha querido ser desde siempre...

-Humano

-¿Humano? y ¿para qué ser humano si se corre el riesgo de perderse en la apariencia? Yo de usted mejor soy un pato o una abeja...

-Pues no sé abuelo, yo lo que sé es que quiero ser humano de verdad no de mentiras.

-¿Sí? Y... ¿Cómo es ser humano de verdad?

-Aún no sé... Sentir, creo.

-Cómo así ¿se siente?

-Sí abuelo sentir, se siente, uno siente que la tierra es cierta y que se puede oír, ver, tocar, oler, comer y caminar sobre ella.

-¡Ya lo sabe!

-No abuelito, sigo buscando.

-¿Por qué?

-Porque sigo, sigo y sigo hasta el infinito y más allá. Y ya.

-¿Cómo, así?

-Sí abuelito, así, y ya no me pregunte más porque me voy a comprar mis galletas OK...

sábado 13 de septiembre de 2008

Raquel Dulcey



-¡Dame ese dulce Raquel!

-¿Cuál dulce?...

-El que tienes en la boca

sábado 16 de agosto de 2008

Un monstruo

Tengo que vivir en las calles porque la gente no soporta mi verdadero rostro. Lo irrisorio es que, igual, llevo una máscara… Es inevitable la bendita manía cuando uno se acostumbra a vivir en esta época donde el disfraz impera sobre aquellos que temen a su propia cara. La mayor parte del día cuento con la capacidad de hacerme invisible, entonces, me puedo elevar un poco más allá del asfalto porque mis pies levitan a pocos metros del suelo haciendo de mi cuerpo un ligero aire que danza por la imaginación. Si desaparezco a nadie le importa, aún quedan muchos como yo que nacen ya grandes o pequeños formando una opulenta masa olorosa. A veces, al colgarse el sol en medio del cielo dejo de ser invisible para transformarme en una leve mancha humana que, en busca de comida, ahuyenta a cualquier desprevenido; me creen malo pero en realidad, no los asusto, pienso que les hago sentir vergüenza porque se quedan asqueados viendo en mí a un malvado espejo que les ofrece un reflejo degradante. Sé que me odian porque soy el único monstruo que se les ha transformado en una pesadilla ambulante, pero lo mejor de todo es que de tanto andar y desvariar he pasado a ser tan sólo algo de su rutina y eso es para mi un descanso grande, porque en esos momentos, puedo desaparecer volando a mis anchas…

Ya me cansé

Esta noche la he vuelto a sentir, me refiero a esa necesidad caprichosa de salir a la calle y poner en acción mi cuerpo caminante. No sé realmente de dónde me llegan estas ganas imperantes de caminar por la ciudad, tal vez sea mi naturaleza, mi herencia genética, no lo sé. Lo que si sé, y es cierto, es ese instinto detectivesco que me hace calzar los tenis blancos, colocar la chaqueta negra y mi gorra playera para salir a la calle a caminar, a explorar, a intentar andar despacio, a ilusionarme, a cruzar la acera; a mirar gente, las basuras, las paredes, los carros, los perros, los semáforos, la mierda, el tráfico, los grafitis, los anuncios publicitarios; a agitarme, a matarme, a ahogarme, a inhalar el aire tóxico que sale por los tubos de escape, a trotar sin rumbo cuando empiezo a quedar sin esperanzas, a chocar con el que se me pone enfrente, a decepcionarme, a taparme los ojos con las manos, a intentar quedarme en el cuerpo, a gritar, a joder, a coger fuerzas para salir corriendo.


Cuando estuve a punto de cruzar la puerta y aún buscaba excusas para quedar tendido en mi cama, sin remordimientos, sentí que la curiosidad llenaba mi cabeza de ansias… Por la nuca me empezó a bajar un cosquilleo que fue recorriendo mi cuerpo; mi corazón que enloquecía de nervios, no hacia más que bombear sangre y antes de dejarla acumular en mi cerebro, tuve que mover las piernas para evitar que las venas se me explotaran en la cara.



Llevo media hora caminando y durante este tiempo he intentado explicarme lo que pasa. ¿Lo que pasa con qué? ¿Con mi cuerpo? ¿Con la gente? ¿Con la bendita manía de buscar razones? ¡Qué tormento dios mío! Ni siquiera puedo estar de acuerdo con el conflicto que me quiebra. He pensado seriamente en las charlas con mis tíos, en las pruebas de inglés que me hicieron perder el semestre, en el trabajo que no encuentro por la falta de un título, hasta en el pan con atún que comía esta mañana mientras don Pacho me decía: Eso no se preocupe por eso mijo, eso ya sabemos que si usted salió así como muy rarito, muy despistado o muy torpe, eso fue por culpa de su mamá que nunca ha tenido los pies en la tierra… Además, eso le pasa también por andar haciendo cosas que no debería, como salir todas las noches a fumar... ¡Yo no sé qué vainas! O por pasárselas encerrado en su cuarto; en lugar de comportarse como un muchacho normal mijo, apegarse a las normas, buscar un trabajo honrado, ahorrar, tener amigos normales como sus primos, conseguirse una novia para sacarla a pasear los domingos y gastarle un helado, casarse, tener hijos, comprar una casa para que pueda formar un hogar y ser un hombre feliz como su padre, que no será un personaje famoso pero vive tranquilo, sin deberle a nadie. Si ve mijo…


Al terminar mi último bocado, ya me iba convenciendo el viejo Pacho con ese discurso tan lleno de comprensión y de cariño. Pero no sé. Nadie me dice que, desde un comienzo, la culpa no la tiene la Ciencia Histórica. Si, ya me imaginaba los problemas que causarían en mi cabeza tantos datos históricos, todas esas fechas, esos personajes ilustres y sucesos claves ¿para qué? ¿Para sentir la necesidad de creer en ese conjunto de mentiras bien fundamentadas que sostienen la memoria? Para creer sin posibilidades de objeciones en ese mar de artimañas que resulta ser el pasado y tener que reconstruir las bases del presente y formar identidad luego de conocer la tragedia de las raíces, esas que nunca terminaron de crecer porque en el momento de la expansión fueron mutiladas, rechazadas y expulsadas. Saber esto para ver que hoy, cuando algún pequeño brote tiene el descaro de sobrevivir, sucede lo peor, porque entonces es tan sobrevalorado que se profana y prostituye en favor del patrimonio o del buen comercio; para estar dispuesto a que le digan a uno loco desvergonzado, simplemente, porque al indagar en la historia uno se sintió parte de la tierra y en el afán de descubrirse, salió desnudo a la calle para mostrar con orgullo las pequeñas raíces, que por siempre, habían permanecido en el cuerpo; para que nadie le creyera a uno porque las personas ya no reconocen identidad sino en la marca de prestigio y porque esos valores ya no pertenecen al pueblo sino a los intelectuales. Para que se jacten al decir que todo tiene sus causas, su justa razón de ser, que al pueblo le hace falta educación y que le es necesario despertar por medio del conocimiento...


En fin, si no aceptan lo que he llegado a sentir en mí y ahora deseo mostrarles entonces ¿de qué me sirve guardar conciencia de todo eso? ¡Qué ya no me hablen más de razones! Ya suficiente tiempo le he gastado a la realidad. Seguir caminando es lo que quiero. Seguir con rumbo o sin él, da igual si me salvo o me pierdo, si me detendré algún día o si en este justo momento, doy la vuelta y me regreso a la casa.