El señor palabra es un hombre maduro que ha construido su vida de acuerdo con las convicciones de la razón. Al levantarse en las mañanas, realiza una rutina de ejercicios que no son muchos pero le sirven, al menos, para mantener algún equilibrio espiritual. Luego de tomar el desayuno con las debidas proteínas para continuar con el día, sale a su trabajo satisfecho y silbando.
Su labor es tan decente como cualquier otra y él la cumple con dedicado entusiasmo, cómo no va a encontrar alegría en organizar los conceptos que manejan la vida si desde muy pequeño, sabía, que su destino estaba en el eminente cargo de administrador de sentimientos, ese cargo digno de los diestros en la palabra.
La parte más emocionante del día se cumple a las dos de la tarde, pues a esa hora se acerca al parlante ubicado en la gran ventana de su oficina y con él, comunica a los ciudadanos las serias decisiones tomadas sobre los verbos mal usados en la jornada, e invita a una elegante reflexión que se encarga de aliviar las conciencias. Aunque al momento de escuchar los sermones los habitantes bajan sus ojos para recibir el regaño de sus imprudencias, nunca entienden el motivo exacto de esta vergüenza… Creen que deben hacerlo porque el eminente cargo de administrador de sentimientos siempre lo llevan los doctos en la materia y además, es pertinente dejar las fallas en manos del personal especialmente capacitado para afrontar estos casos. En suma, los habitantes consideran que su ciudad es sofisticada porque cuenta con aquellos que emplean sus conocimientos para solucionar los problemas.
Al final de la tarde llega el señor palabra a su casa con la garganta seca, por eso lo primero que hace es beber un gran vaso de cerveza para luego irse a preparar la noche. Entra al baño, canta, se ríe, se afeita, con delicadas manos arregla su cuerpo, se baña, se viste, se peina, luego de las debidas bases se aplica el rubor que le dará un aspecto rozagante y saludable. Las sombras verde brillante no sobran así como la ágil maniobra de delinear sus parpados con un profundo toque de purpura, se mira al espejo para ensayar ese poder de atracción que le identifica y piensa que esta vez usará la pestañina argentada porque hace juego con su ojos pardos; para terminar, cubre sus labios con un bello color amarillo iluminado, da una última mirada coqueta al espejo y se marcha, dejando atrás una densa capa de perfume con escarcha.
A las calles del placer se acerca una colorida criatura que a todos lados saluda con una sonrisa encantadora, su corpiño verde oscuro va más apretado que las otras noches, sus panty medias son dos deliciosas mallas negras y un ajustado short amarillo encendido le hace juego con la chaqueta de plumas blancas, que es divina, porque le ayuda a resaltar el sensacional color plateado de su cabellos rizados.
Aquellos que la ven llegar le abren los brazos y entre jubilosas bienvenidas llaman a la gran administradora de dichas. Ella los abraza con una fuerte satisfacción y enseguida se prende en la zona la más alborotadora parranda. Al pasar la media noche, la administradora se aparta de los grupos porque en una desconsoladora tristeza quiere pedir a sus colegas que la maten o la dejen libre de todo cargo; sus palabras se quiebran por un llanto que irrumpe desde el espíritu, por las mezquinas compañías que le aconsejan tener fuerzas:
–No podemos dejarte marchar –le dicen- que seria de nuestra moral si no contáramos con la magnífica labor de tu razón…
Ella que jamás ha sentido ser manipulada, decide con franqueza que mañana si lo hará, que acabará con los falsos vínculos y cantará la gloria en su salsa porque la felicidad es de ella y nadie puede negársela. Mientras tanto, sus amigos aceptan que es una de sus pequeñas pataletas y por eso la rodean para alabarla, para darle ánimos e impedir que se pierda…
Al final de la rumba regresa a su casa cabizbaja, si hay algo cierto en sus pensamientos, es que ya no quiere tener miedo. Saca unas llaves metálicas del estuche forrado en cuero para abrir la puerta, apenas toma la primera imagen del interior de su casa intenta detenerse unos segundos. ¿Es posible?... ¿La noche le dio la revelación innegable que tanto anhela? Por qué se queda inmóvil… Qué significa atascarse en la entrada de la casa. Qué espera…
–Entra –se dice- mañana verán al administrador seguir con su eminente cargo.
Su labor es tan decente como cualquier otra y él la cumple con dedicado entusiasmo, cómo no va a encontrar alegría en organizar los conceptos que manejan la vida si desde muy pequeño, sabía, que su destino estaba en el eminente cargo de administrador de sentimientos, ese cargo digno de los diestros en la palabra.
La parte más emocionante del día se cumple a las dos de la tarde, pues a esa hora se acerca al parlante ubicado en la gran ventana de su oficina y con él, comunica a los ciudadanos las serias decisiones tomadas sobre los verbos mal usados en la jornada, e invita a una elegante reflexión que se encarga de aliviar las conciencias. Aunque al momento de escuchar los sermones los habitantes bajan sus ojos para recibir el regaño de sus imprudencias, nunca entienden el motivo exacto de esta vergüenza… Creen que deben hacerlo porque el eminente cargo de administrador de sentimientos siempre lo llevan los doctos en la materia y además, es pertinente dejar las fallas en manos del personal especialmente capacitado para afrontar estos casos. En suma, los habitantes consideran que su ciudad es sofisticada porque cuenta con aquellos que emplean sus conocimientos para solucionar los problemas.
Al final de la tarde llega el señor palabra a su casa con la garganta seca, por eso lo primero que hace es beber un gran vaso de cerveza para luego irse a preparar la noche. Entra al baño, canta, se ríe, se afeita, con delicadas manos arregla su cuerpo, se baña, se viste, se peina, luego de las debidas bases se aplica el rubor que le dará un aspecto rozagante y saludable. Las sombras verde brillante no sobran así como la ágil maniobra de delinear sus parpados con un profundo toque de purpura, se mira al espejo para ensayar ese poder de atracción que le identifica y piensa que esta vez usará la pestañina argentada porque hace juego con su ojos pardos; para terminar, cubre sus labios con un bello color amarillo iluminado, da una última mirada coqueta al espejo y se marcha, dejando atrás una densa capa de perfume con escarcha.
A las calles del placer se acerca una colorida criatura que a todos lados saluda con una sonrisa encantadora, su corpiño verde oscuro va más apretado que las otras noches, sus panty medias son dos deliciosas mallas negras y un ajustado short amarillo encendido le hace juego con la chaqueta de plumas blancas, que es divina, porque le ayuda a resaltar el sensacional color plateado de su cabellos rizados.
Aquellos que la ven llegar le abren los brazos y entre jubilosas bienvenidas llaman a la gran administradora de dichas. Ella los abraza con una fuerte satisfacción y enseguida se prende en la zona la más alborotadora parranda. Al pasar la media noche, la administradora se aparta de los grupos porque en una desconsoladora tristeza quiere pedir a sus colegas que la maten o la dejen libre de todo cargo; sus palabras se quiebran por un llanto que irrumpe desde el espíritu, por las mezquinas compañías que le aconsejan tener fuerzas:
–No podemos dejarte marchar –le dicen- que seria de nuestra moral si no contáramos con la magnífica labor de tu razón…
Ella que jamás ha sentido ser manipulada, decide con franqueza que mañana si lo hará, que acabará con los falsos vínculos y cantará la gloria en su salsa porque la felicidad es de ella y nadie puede negársela. Mientras tanto, sus amigos aceptan que es una de sus pequeñas pataletas y por eso la rodean para alabarla, para darle ánimos e impedir que se pierda…
Al final de la rumba regresa a su casa cabizbaja, si hay algo cierto en sus pensamientos, es que ya no quiere tener miedo. Saca unas llaves metálicas del estuche forrado en cuero para abrir la puerta, apenas toma la primera imagen del interior de su casa intenta detenerse unos segundos. ¿Es posible?... ¿La noche le dio la revelación innegable que tanto anhela? Por qué se queda inmóvil… Qué significa atascarse en la entrada de la casa. Qué espera…
–Entra –se dice- mañana verán al administrador seguir con su eminente cargo.
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